Todo se me antojó
tan gris hoy.
Mi reloj dio las 13,
mi equilibrio colapsó,
mis agujas me picaron,
recordé agazapado
la locura que acecha.
De nuevo me invadió
la tristeza de entender
que casi nadie salva
su ternura, todos pudren
su frescura y apagan
su llama.
Casi nadie comprende
la energía que emana
con delicada dulzura
del espíritu pleno
de las suaves manos
de las entrañas
Casi todos escapan,
se arrastran, se enojan,
gritan, con penosas
frentes golpeadas
por arrugas nacidas
del esfuerzo por ser
aceptados.
[La imagen del éxito
acecha al astuto
Humildad y soberbia
confunden al sencillo
Hiere la congoja
donde mora el desatino]
Todo se me antojó
tan vil esta tarde.
Desempolvé el cristal triste,
el ojo crudo, la mirada
encarnada, para recordar
que no todo es olvido.
[Escruté el engranaje
de la ciudad, los robots
en el laberinto,
los papeles obscenos,
jocosos y secos,
de esta obra ajena
en la ciudad extraña.]
Mis pasos resuenan
Adelanto un pie,
y luego el otro.
Mis pasos son
como mi vida y la tuya.
Se desvanecerán tan pronto
termine la vereda.
La vereda de la tristeza
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