Salir del oscuro bunker a la luz del día

Hace mucho tiempo que tomé conciencia que estaba oscuro en mi bunker. Y yo tan ciego que la realidad me golpeó en más de una ocasión, queriéndome hacer hombre. Golpeado y aturdido, dejé de hacer caso a las voces de los demás y observé a mi alrededor. No había caso, yo no estaba viendo nada, y los demás no estaban viendo más que yo. Lo único que sabían sí, era de golpes.

Y entonces, tras varios intentos, la mecha se encendió, vino una llamita de luz y pude distinguir el contorno de los objetos a mi alrededor. Aprendí a esquivar muchos golpes, pero no pude ver más allá de las paredes del bunker.

Condenados a vivir en la oscuridad, muchos ni siquiera tienen la luz de una vela cerca para dejar de tener miedo, para dejar de tropezarse. Miedo a moverse, miedo a quedar solo, miedo a quedarse. Golpe a golpe, la pared se hace más dura.

Estoy en la penumbra, pero no en la oscuridad. Y entonces me doy cuenta de que afuera hay luz de sol, o de noche puede haber luz de luna o luz de estrellas. Podré ver los colores, mi piel revivirá, mi corazón se liberará de esta pesadumbre.

Porque nada tiene por qué ser para siempre, y la penumbra mucho menos. Buscar la luz de la vela, para guiarse hacia afuera del bunker y vivir a pleno día, en vez de quedarse en el oscuro closet o en el atestado bunker subterráneo.

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