Ella está trabajando todo el día, de lunes a sábado y, como consecuencia, está descuidando el cuidado de su hijo.
¿Qué hacen sus padres, quienes en primer lugar debieron haberle dado afecto y la herramienta de autoestima, para poder superar las dificultades, para poder aspirar a vivir en plenitud?
En vez de eso, la acechan, la hostigan, le cortan el teléfono, le refriegan en la cara, a gritos, sus fracasos ciertos, pasados, hipotéticos, presentes, falsos y futuros. Y si les toca colaborar, lo negocian a cambio de ortivarla todo lo que más pueden.

Bienvenidos, a la lógica del carancho, ese ave que se alimenta de la carroña de aquellos animales desprotegidos que encontraron la muerte a manos de otros. El carancho no toma riesgos: no tiene el valor del predador, ni la crueldad del verdugo, ni la pasión de migrar a otros climas, no...
Muchas personas obran con la miserable lógica del carancho: solo se alimentan de la podredumbre de aquellos que tienen más cerca.
