En Matrix, es Neo y las máquinas. En La noche de los muertos vivos, los zombies que te comen el cerebro. Los replicantes de Tyrrel Corp. en Blade Runner, los mecha en AI, y los clones en la Guerra de la Galaxias. Los guiones de estos filmes encuentran su fuerza argumental principal en el secreto a voces de que nosotros mismos adoramos a los sistemas y a las eficientes máquinas. De que no podemos sobrevivir sin la seguridad de la rutina, y deslizan que podríamos habernos convertido, finalmente, en esos seres maquinales, infernales, que tanto tememos.
Todas las máquinas, los zombies, los replicantes, los mechas y los humanos, somos cada día más. Y todos también, tenemos conductas preseteadas y programadas por la cultura.
Las máquinas de Matrix son atemorizantes y brutales, violentas y poderosas, su misión es destruir (como en Terminator). Los zombies, tienen mucho hambre de cerebros. Los replicantes entran en conflicto ante las preguntas de Deckard y los mechas están para determinadas tareas y no pueden desobedecer sus directivas.
Los humanos, además de tener que obedecer los mandatos de cada cultura, hemos sido presa de locuras, brutales y sutiles, que nos han convertido en extraños para nuestro propio corazón.
Locura brutal
Las conductas patológicas, aunque maquinales, no son fáciles de detectar por alguien que no está entrenado en ello como los blade runners, o para aquel que no disponga de esa mágica linterna detectora de Mechas. Tal vez puedan ser pequeños defectos en la escritura o el habla, no poder hilar claramente una frase, repetir una frase en un momento determinado, reaccionar violentamente, ir al gimnasio todo el tiempo, autoflagelarse, atacarse de miedo y paralizarse, o hasta ser apasionado y artista. Todas cosas difíciles de comprobar, porque suceden esporádicamente, no son obvias, y la habilidad adquirida para disimular y camuflar estas conductas es sorprendente.
Locura sutil
Las conductas consideradas normales consisten en los mismos ingredientes, solo que en menores proporciones y por eso su apreciación está suavizada y minimizada. Es considerado algo normal el enojarse, el castigar a los hijos, el insultar a la pareja, agredir o inferir, el actuar siempre de acuerdo a los códigos del qué dirán, el piropear o el simple provocar todo el tiempo, el poner inteligentes excusas o simplemente, el decir mentiras. Hasta gustar de las canciones de Arjona es normal, como es normal mirar TV todo el tiempo y andar pisando líneas imaginarias de baldosas en la vereda.
Es más, la fuerza de voluntad y la perseverancia en la construcción de la propia identidad son consideradas más que normales; son consideradas virtudes. A veces me sorprendo de notar cómo algunas personas siempre tienen algo para declamar, algo para afirmarse en sus diferencias, algo para decidir y hacer notar que sus decisiones son siempre mejores que las mías. Y otras que me han hecho sentir que soy un paquete que anda tras de algo que no logra ni logrará alcanzar jamás. Otras que sermonean, otras que seducen, otras que disienten, sin notar que son todas costosas fórmulas para construir una identidad que generará ansiedad, conflicto, displacer, y fracaso.
Desamparados
Una parte de la civilización está menos expuesta a riesgos, a costa de ceder libertades. Tenemos empleos, medicina, transporte, educación, a costa de tener que trabajar 8 hrs en una oficina, para pagar impuestos o tramitar toda la vida papeles en la burocracia, o para pagar pastillas que a nadie curan. Y todo eso, luego de haber tenido que pasar los años jóvenes sentados en las aulas esperando los recreos. Pero hey, la expectativa media de vida ha venido aumentando!
Otra buena parte de la población mundial no accede a esa seguridad y ni siquiera a un mínimo bienestar.
El malestar en la cultura
Aún ignorando el desamparo sutil de los ciudadanos y consintiendo el otro desamparo, el físico y brutal, con la excusa de que nuestra expectativa de vida ha venido aumentando, aún queda el peso de toneladas de locura demarrada sobre nuestros corazones. Locura que se deduce enorme a partir de la enorme cantidad de medicamentos psiquiátricos, anti-depresivos y bebidas alcohólicas o energizantes vendidas cada día.
Sea la locura sutil de la identidad, o la locura brutal del diazepam, la infelicidad se deja sentir.
Añoranza
Sociedades primitivas como las tribus de indios americanos vivían en equilibrio con la naturaleza, con más riesgos, mayor libertad, y sin locuras maquinales. El hombre blanco conquistador estaba absolutamente fuera de su corazón, al sabio parecer de los indios. Ese paraíso de paisaje, ausencia de motores, venados, osos, caballos salvajes, tribus y búfalos que una vez fue América, se ha convertido desde hace muchos años, en tierra de los esclavos de la sinrazón.

Fuckin' robots
Publicadas por
isi dixi
el
3/27/2009 01:41:00 a.m.
Etiquetas: comonismo, conflicto, confusión, educación, naturaleza, rebeldía, seguridad
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Se idealiza la vida de los indios, de su comunión con la naturaleza, de su equilibrio y sabiduría, como si ellos no fueran seres humanos como nosotros. Vivían en guerra permanente unas tribus contra otras, se comían, se mataban, con suerte llegaban a vivir 30 años. Un mundo diseñado sólo para los más fuertes, donde los débiles no tenían derechos. Ahí quien se deprimía moría. Lo único cierto es que ellos no sufrían de problemas imaginarios, no tenían tiempo.
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