- Es común que los niños se golpeen al jugar de manera alocada.
- Es común ver a las personas reaccionar y pelear por las más variadas cuestiones.
- Es común ver a los padres dar un tirón de orejas a sus hijos cuando desobedecen.
- Es común escuchar que los padres mandan al psicólogo a sus hijos.
- Es común ver señoras gordas y feas y personas con el ceño fruncido.
- Es común ver pobres en las calles.
Todos esos lugares son comunes, y conforman la ilusión de eso que yo llamo el comonismo (con o). Es aquello que, por devenir una conducta común y cotidiana en la cultura, obtiene carta de realidad exclusiva. Hoy existen muy pocos adeptos al comunismo políticoeconómico, pero la mayoría, en cambio, es adepta a este comonismo psicológico de base autoritaria.
No todos los niños se golpean. No todas las personas pelean o reaccionan. No todos los padres castigan o "ponen límites" a sus hijos. Y la vejez no implica fealdad.
Uno puede decidir seguir militando en esta especie de comonismo hiper ortodoxo, y construyendo esa pared, que nos aleja de nuestra enorme humanidad auténtica y única para convertirnos en pequeñísimos ladrillos de una gran muralla.
Por mi parte, elijo atreverme a andar senderos un poco más alejados, con un poco de hierba.

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