El que se sabe paciente, no persigue esa virtud y lo considera una mera consecuencia. Simplemente es, como es tantas otras cosas. Los demás pueden ver su capacidad de ser paciente, pero aquí es preciso distinguir dos tipos de paciencias: la voluntariosa y la natural.
La paciencia voluntariosa es la paciencia represiva: me callo, cuento hasta 10, no quiero kilombo.
La paciencia natural es estar alerta, y no es apagada, sino dinámica y activa.
La paciencia voluntariosa es más común de observar. Aquel a quien decimos que es paciente, suele ser una persona reprimida y no una persona alerta. Muchos consideran a la voluntad una virtud, pero vamos! nadie cree interiormente que la persona con paciencia voluntariosa sea especial. No sé lo que quiero, pero lo quiero ya! Y eso está muy bien.
La paciencia es un lugar cómodo para quien no se atreve y, en cambio, reprime sus impulsos. Y los impulsos suelen ser pelotudos porque no los dejan salir nunca, formando así un círculo vicioso. No ha podido aprender, no ha podido madurar, y los impulsos son patéticas muecas, nunca frescas, nunca creativas, no ve caminos. Le han cerrado los caminos a fuerza de NOs.
La persona que se dice impulsiva tiene, al menos, la gran posibilidad de aprender. Pero para eso, debe ir un poco más allá y rechazar la crítica represiva. De lo contrario, será impulsiva y nada más.
La paciencia, la voluntad y los caminos del impulso
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